Cada mes de agosto, miles de personas se congregan para aplaudir el Desfile de Silleteros, maravillarse con los colores y celebrar una de las tradiciones más queridas de la ciudad. Sin embargo, cuando la celebración termina y las flores regresan a casa, pocas veces se indaga sobre las historias que esconden los caminos de Santa Elena: relatos de campesinos que caminaban kilómetros con una silleta al hombro, mujeres que lavaban ropa en aguas heladas, niños que temían a los espantos del monte y árboles sagrados que anunciaban el nacimiento del agua.
Durante décadas, estas vivencias permanecieron resguardadas únicamente en la memoria de sus protagonistas, hasta que la labor investigativa del historiador, escritor e investigador santandereano Óscar Javier Zapata Hincapié comenzó a transformarlas en un puente entre la oralidad y la escritura.
Nacido en el seno de una familia de tradición silletera, Óscar creció cultivando la tierra y haciéndose preguntas sobre el origen de las prácticas campesinas, los nombres del entorno y la historia económica de la región. Esa curiosidad lo llevó a sumergirse en expedientes de hace más de 300 años en archivos de Medellín, Antioquia, Guarne, la Universidad Nacional y el Archivo Arquidiocesano. En lugar de buscar héroes tradicionales, su trabajo se ha enfocado en exhumar la cotidianidad y los conflictos de personas comunes, documentando desde pleitos vecinales por cultivos hasta anécdotas de lavanderas y la evolución de un territorio que impulsó el crecimiento de Medellín a través de la leña, el carbón y, posteriormente, la floricultura.
Asimismo, el investigador insiste en la importancia de preservar el lenguaje tradicional —como el uso de la palabra "monte"—, señalando que cuidar las expresiones con las que generaciones enteras se relacionaron con la naturaleza es fundamental para no esfumar la memoria del territorio.
Fruto de esta rigurosa labor de archivo, caminatas y entrevistas han nacido obras como su libro Gente del Monte y su publicación más reciente, Entre la felicidad y la pena. Con estas iniciativas, apoyadas en el reconocimiento institucional del patrimonio cultural de los corregimientos, se demuestra que preservar la memoria va más allá de conservar documentos: se trata de mantener vivo el vínculo entre las personas, su territorio y una historia que merece seguir siendo contada.






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