Para Marcos Román García, un niño de siete años, pararse en el Cuentódromo de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín no fue solo una presentación: representó la materialización de un anhelo trabajado durante un año. Acompañado por los acordes de una guitarra y la complicidad de su madre, Yanix García Rodríguez, el pequeño cautivó al público leyendo piezas como Vida de perros, Las cosas que pasan, Lo que construiremos y Atrapados, confirmando que para su familia la literatura no es un simple pasatiempo, sino un puente hacia el mundo y un refugio seguro.
El vínculo de Marcos con los libros inició desde la gestación, cuando su madre le leía con la esperanza de transmitirle ese gusto. Con el paso del tiempo, Yanix —bibliotecóloga egresada de la Universidad de Antioquia, actual profesional en la Universidad Eafit y maestrante en Educación Inclusiva e Intercultural— comenzó a identificar en las páginas sobre neurodesarrollo rasgos que coincidían con el comportamiento de su hijo: hiperfijaciones temáticas y patrones de lenguaje particulares. Esas observaciones derivaron posteriormente en la confirmación clínica: autismo en nivel 1 de soporte.
Un diagnóstico que unió a la familia
El proceso de Marcos abrió la puerta para comprender dinámicas que también estaban presentes en el hogar. Al poco tiempo, su hermano mayor, Miguel Ángel, recibió el mismo diagnóstico de autismo nivel 1, e incluso la propia Yanix fue diagnosticada bajo este mismo espectro.
Lejos de convertirse en un obstáculo insuperable, ponerle nombre a su condición les otorgó herramientas concretas para reorganizar su cotidianidad. A través de terapias de desarrollo y lecturas compartidas —como la obra ¡Soy La Pera!, que explica el autismo desde las voces infantiles—, el núcleo familiar construyó un entorno de convivencia empático, aprendiendo a respetar los silencios, los momentos de sobrecarga sensorial y el descanso que exige el esfuerzo constante de adaptación social.
Talento sin máscaras
En un entorno donde la socialización a menudo demanda cálculos desgastantes para encajar, Marcos ha logrado transformar su particular forma de ver la realidad en un motor de afecto y conocimiento. Con una curiosidad insaciable que comparte mediante datos de anatomía y fauna con sus seres queridos, el menor ha impulsado a su familia extendida a comprender el autismo desde una perspectiva cálida y libre de estigmas.
Su exitoso paso por el Cuentódromo demostró que, con acompañamiento riguroso y redes de apoyo sólidas, el diagnóstico no define un límite, sino un punto de partida para soñar y comunicar capacidades extraordinarias a través del poder transformador de las palabras.

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